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El presente Informe apoya
la presentación realizada para que en el marco del Programa
"Patrimonio Cultural Alimentario y Gastronómico Argentino"
de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación
se integre formalmente al dulce de leche como alimento, preparación
específica y proceso productivo al patrimonio cultural
argentino.
Al respecto, la información
que se dispone a continuación se desarrolla con base en
el objetivo propuesto por el Programa para que dichas Declaraciones
refrenden "la valoración de aquellos saberes alimentarios
y gastronómicos sobresalientes (expresados en ingredientes,
productos y preparaciones, tomados individualmente o en conjunto)
que son portadores y referentes de la identidad, la memoria y
la experiencia cotidiana de los diversos grupos que constituyen
la sociedad argentina, reconociéndolos como patrimonio
en procesos permanentes de tradicionalización, renovación
y recreación", por lo que la presentación
de referencia es pertinente con los propósitos solicitados
de acuerdo a los siguientes argumentos.
1. FUNDAMENTOS
La cocina implica un hecho
social complejo que pone en escena un conjunto de movimientos
de producción y consumo tanto material como simbólico
diferenciados y diferenciadores. Y en este sentido, la preparación
y el consumo de alimentos y los procesos sociales y culturales
que los sustentan, contribuyen a la constitución de las
identidades colectivas a la vez que son expresión de relaciones
sociales y de poder.
Las características
de una cocina están definidas por la influencia combinada
de un ambiente determinado (la disponibilidad de alimentos),
la tecnología para producir y preparar los alimentos (con
inclusión del modo característico de preparar esos
alimentos -cortados, asados, cocidos, fritos- y el principio
o los principios de condimentación tradicional de los
alimentos base de cada sociedad), la estructura social y económica
y el sistema ideológico (representaciones sobre la alimentación
y su lugar en la sociedad, la adopción de un conjunto
de reglas de comensalidad, el número de comidas diarias,
el hecho de que los alimentos se consuman individualmente o en
grupo, la separación de determinados alimentos para fines
rituales y religiosos y la observación de tabúes).
A partir de estos elementos,
las cocinas pueden adquirir una adjetivación local, clasista,
étnica, nacional y/o regional. En estos términos,
la "cocina" incluye, fundamentalmente, aquellos alimentos,
preparaciones y técnicas que son considerados como propios
o típicos (originarios y/o apropiados) de un determinado
lugar, sector social, región o nación, y constituye
también un signo de su identidad colectiva. Más
que el señalamiento de los orígenes autónomos
o apropiados de sus componentes, interesa marcar los modos de
organización de esos mismos componentes dentro de la matriz
cultural que les da sentido en términos de prácticas
alimentarias concretas en contextos históricos específicos,
y a partir de la cual se ejerce y despliega la creatividad y
la innovación. Massimo Montanari ha escrito que "la
cotidianeidad del vivir hunde sus raíces en la constitución
biológica de los hombres y en el paisaje en el que viven,
pero se sustancia y se define en las relaciones de propiedad
y de poder, en los conocimientos y en las tecnologías
y en los parámetros culturales de las diversas sociedades".
En relación con
lo anterior, puede decirse que el acto de cocinar es significativamente
un proceso de patrimonialización, porque cuando se eligen
ciertas preparaciones sobre otras se están seleccionando
ingredientes, condimentos y procedimientos culinarios que identifican
a quienes cocinan y a los comensales con un determinado conjunto
social, sus ritos, símbolos, tradiciones, aspiraciones
y posibilidades. Lo que comemos (y dónde, cuándo,
cómo y con quién) y lo que no comemos (y por qué)
dicen mucho respecto de quienes somos como individuos y como
sociedad. Como la construcción de los patrones y las tradiciones
culinarias se elabora mediante la reinterpretación permanente
de los significados alimentarios, esos procesos de articulación
de elementos propios y apropiados pueden tomar por ejemplo la
forma tanto de una asimilación culinaria -y por lo tanto
cultural- de nuevos alimentos, como de la reinterpretación
de elaboraciones tradicionales a través de su descontextualización.
En el primer caso, significa que nuevos alimentos o ingredientes
vienen a sustituir a otros o sencillamente se incorporan a una
preparación previa. Además de este proceso de tradicionalización
y/o patrimonialización de platos e ingredientes novedosos,
puede producirse también la reinterpretación de
la tradición a través de la descontextualización
de algunas preparaciones. Es decir, lo contrario: un cambio en
la posición estructural que permite la construcción
de un nuevo significado. Es el caso de diversos platos que han
dejado de ser cotidianos en el espacio urbano y han pasado a
formar parte de ciertos rituales o momentos de mucha carga simbólica
como las celebraciones patrias ("día de la independencia"
o de "la tradición" donde se consumen esas comidas
que de algún modo representan en nuestros países
la criollicidad: locros, tamales, humitas), y otros donde el
desplazamiento ha sido inverso, de plato excepcional a comida
cotidiana (como las mismas empanadas). Lo que importa en estos
procesos es la aceptación colectiva de los significados:
se requiere que los ingredientes, condimentos y procedimientos
estén incorporados en una determinada tipología
culinaria históricamente delimitada.
Por lo tanto, asumiendo
las prácticas alimentarias como hechos socioculturales,
se entienden también los cambios que se dan no sólo
en lo que se come sino también en el cuándo, cómo
y dónde. No obstante, historiadores como Ricardo Cicerchia
fijan entre 1770 y 1850 la estabilización de muchas de
las recetas más representativas de la cocina tradicional
hispano-criolla en la Argentina.
En cada región
del país no ha existido una sola forma de comer ni un
solo tipo de comida: coexistieron varios en cada momento y más
allá de las coordenadas de origen de los alimentos utilizados,
las modalidades de preparación han ido cambiando con el
tiempo, aún cuando las más tradicionales, con una
presencia y trascendencia de mayor densidad histórica,
hayan podido sostener la permanencia de sus fórmulas básicas.
Y eso es lo que puede señalarse respecto del alimento
propuesto: el dulce de leche, que está presente en la
documentación revisada (registros históricos, literatura
de viaje, recetarios, etc.) que recoge directa o indirectamente
el patrón alimentario en territorio argentino por lo menos
desde inicios del siglo XIX.
2. EL PRODUCTO: DULCE
DE LECHE
Según el Código
Alimentario Argentino, con la denominación de "dulce
de leche":se entiende el producto obtenido por concentración
mediante calor; a presión normal o reducida, de leche
fluída y/o reconstituída, con el agregado de azúcar
blanca y aditivos permitidos.
La popular combinación
de leche y azúcar, se registra en diversos países
bajo otras denominaciones y variaciones en su composición.
Se lo conoce como "manjar blanco" en Chile, Perú
y Bolivia -como su nombre lo indica refiere a una confitura de
color blanco-; "arequipe" en Colombia y "cajeta"
en México.
La fórmula básica
del dulce de leche es azúcar, leche y vainilla. Según
Emmy de Molina, la receta casera es la siguiente: 1) Ingredientes:
4 litros de leche de tambo, 1 kg. de buen azúcar y una
chaucha de vainilla; 2) Preparación: hacer hervir y revolver
con cuchara de madera continuamente. Si se desea un mayor color,
puede añadirse una cucharadita de bicarbonato. Cuando
se logra el punto, retirar del fuego y volcar a un recipiente
sobre agua tibia. Seguir revolviendo hasta entibiar.
También se comercializa
el "dulce de leche para pastelería o confitería"
que es el que sufre el agregado durante el proceso de elaboración
de hasta el 2% p/p de estabilizantes y espesantes autorizados,
el "dulce de leche con crema" y el "dulce de leche
mixto" (adicionado de uno o varios productos alimenticios,
con contenido de agregados entre 10 y 30 % p/p).
Con una presencia en el
patrón alimentario argentino desde hace más de
cien años, sus orígenes abrigan una polémica
entre quienes prefieren la leyenda que difundiera Emmy de Molina
y quienes lo consideran como una derivación del "manjar
blanco" chileno o peruano, llegado desde esos puntos a Córdoba,
Mendoza y posteriormente a Buenos Aires. Ernesto Aráoz
da una pista sobre esos intercambios posibles en la escala salteña:
"En el ambigú abundaban siempre las mejores masas
caseras: las empanadillas, los masapanes y también la
famosa "pasta real" hecha con bizcochuelo, almendras
y dulce de cayote, postre famoso de los virreyes de Lima del
que habla Ricardo Palma en sus "Tradiciones peruanas",
transplantado a la repostería salteña por el incesante
intercambio mercantil y social mantenido en la época de
la Colonia entre nuestra ciudad y la opulenta capital del Virreynato
del Perú." Por otra parte, hay que anotar el extraordinario
consumo de dulces en Buenos Aires en las primeras décadas
del siglo XIX: picarones con almíbar, tabletas de Mendoza,
alfeñiques, alfajores y confites de Córdoba, tortitas
de Morón, pasteles de dulce de leche y de membrillo, rosquetes,
caramelos y buñuelos salpicados con miel, todo elaborado
en los conventos Los postres, alfajores varios, ambrosía,
huevos quimbos, pastelitos, rosquillas, arroz con leche, y un
primitivo dulce de leche, generalmente nacidos en conventos (las
monjas fueron las más preciadas reposteras de la colonia:
las catalinas eran conocidas por sus empanadas, tortas y dulces)
y en las cocinas hogareñas o adquirido a los vendedores
ambulantes o más adelante en las confiterías, propiedad
de italianos o franceses.
Dice Carlos Martelli en
su "Libro de la Cocina Criolla": "Si hay un postre
auténticamente argentino es el dulce de leche : El manjar
blanco todavía se sigue elaborando en la zona del noroeste,
donde la influencia peruana se deja sentir. Pero el color, la
materia, el aroma, el dulzor de ambos postres es absolutamente
distinto".
En la cocina española
de hace 500 años (como aparece en el "Libro de los
guisados" de Ruperto de Nola), el manjar blanco era un guiso
que se hacía, entre otras cosas, con aves que se cocían
y deshilachaban, produciendo un resultado muy semejante al que
tiene el peruano "ají de gallina", que es su
descendiente actual más directo. El manjar chileno, en
cambio, se asemeja a un almíbar de leche, espeso y claro,
que se obtiene mediante la evaporación del agua de la
leche, permitiendo que el azúcar y los sólidos
lácteos se combinen del modo más correcto posible.
Aquel manjar se transformó
en una golosina, hecha con leche, azúcar y harina de arroz.
Y así pasó a América. El ya nombrado Martelli,
en el mismo libro, da la receta del actual manjar blanco: leche,
vainilla, una pizca de sal, azúcar y fécula de
maíz que suplanta a la harina de arroz.
Emmy de Molina, conocida
gastrónoma, se dedicó a investigar el origen de
los alimentos que consumimos en nuestro país y puso especial
atención en el dulce de leche, al que definió como
"único alimento auténticamente nacional".
Según la autora, la tradición oral cuenta que el
24 de junio de 1829, en la estancia "La Caledonia"
se firmó el "Pacto de Cañuelas" entre
Juan Manuel de Rosas -jefe de las fuerzas federales- y el comandante
del ejército unitario Juan Lavalle. Supuestamente una
criada estaba a cargo de la lechada (leche caliente azucarada)
con que tomaba sus mates Rosas. Al llegar Lavalle, cansado por
el viaje se acostó en el catre en que usualmente descansaba
don Juan Manuel. La criada, que fue a llevarle un mate al Restaurador,
encontró ocupado el lugar por el jefe enemigo y dio orden
a la guardia. Mientras tanto, la lechada hervía en la
olla y su contenido se transformó en la mezcla que hoy
todos conocemos como "dulce de leche".
Ante la imposibilidad
de acreditar o quitar veracidad a esta historia, nos atrevemos
a destacar que este legendario producto vino de la mano del prestigioso
desarrollo que tuvo en nuestro país la industria lechera.
Hay que decir que durante las primeras décadas del siglo
XIX los tambos se manejaban a escala familiar y la producción
era escasa. Las vacas producían solamente de 2 a 3 litros
de leche por día. Inicialmente la leche era distribuida
en las ciudades por los lecheros de a caballo o por los "tambos
ambulantes" arriados por lecheros que ordeñaban en
el frente de las casas, para demostrar la presunta pureza de
la leche. En la década de 1870 se comienza a utilizar
el carro lechero pero entrado el siglo XX se sancionan algunas
ordenanzas que prohíben estas formas precarias de distribución.
A partir de la década
de 1890, y de la mano de los avances científicos y tecnológicos
que posibilitaron la adopción de medidas de higiene, se
abren nuevas perspectivas en el tratamiento y conservación
de alimentos.
Con el nuevo siglo surgen
las lecherías, con sus mesadas de mármol y paredes
revestidas con azulejos blancos, donde se podía comprar
leche enfriada en grandes barriles de hielo. La nueva industria
influyó en los gustos de la gente. En el siglo anterior
la leche no se consumía salvo en las formulaciones de
la mazamorra o el dulce de leche, mientras que la manteca era
escasa y de baja calidad. Con las lecherías se la incorpora
definitivamente a la alimentación cotidiana.
Siguiendo el testimonio
dejado por el Sr.Haralt Morstetun, pionero del siglo XIX, el
desarrollo de la industria lechera puede ser dividido en cinco
períodos:
" Primero: de 1886
a 1890. Comprende la época inicial en que comienza a despertar
el interés por la industria y el trabajo de los tambos.
" Segundo: de 1890
a 1895: Los trabajos preliminares para la industrialización
de la producción de leche, es decir la instalación
de pequeñas fábricas a vapor con aplicación
de desnatadoras de leche y la sustitución de la manteca
de los lecheros, a la cual hasta entonces estaba habituado el
público consumidor argentino, por la de fábricas.
" Tercero: de 1895
a 1900: El nacimiento de la verdadera industria lechera con la
exportación de manteca; la concentración de la
producción en frigoríficos centrales con maquinaria
frigorífica.
" Cuarto: de 1900
a 1903: Los comienzos del sistema cooperativo.
" Quinto: de 1903
a 1939: La intervención directa y en mayor escala del
capital extranjero.
Caseína: inicio
de la elaboración de este producto en el país.
En la Estancia San Martín,
propiedad de Vicente Casares, se constituyó el establecimiento
La Martona, precursor de la industria lechera en nuestro país.
El periodista francés Jules Hert, quien lo visitara en
1911, escribía: "Debo subrayar el hecho de que el
establecimiento La Martona sobrepasa en el tratamiento higiénico
de la leche a todos los de las capitales europeas excepto Copenhague.
La gran lechería de Balle que distribuye en Berlín
la mayor parte de la leche de consumo no llega a tal grado de
perfeccionismo después de la del Sr. Casares".
Historia y Leyenda convirtieron
a Cañuelas en zona pionera en lo que a la industrialización
de la leche se refiere. Desde 1890 La Martona utilizó
papel sulfurizado para envasar la manteca. En 1941 (antes que
en Estados Unidos) se implementaron los camiones térmicos
para recolectar la leche de los tambos. En 1960 se instala una
empaquetadora de manteca de alta velocidad y en 1961 se introduce
el envase de cartón para la leche.
En 1902, luego de varias
experiencias, se inició la fabricación industrial
del dulce de leche a partir de recetas caseras de la época
de la colonia.
Estos antecedentes propiciaron
que en el año 1989, la Honorable Cámara de Diputados
de la Nación declarara por unanimidad a Cañuelas
Cuna Nacional de la Industria Lechera (Res. 28/9/89). El Honorable
Concejo Deliberante de Cañuelas por Ordenanza Nº
1154/96 estableció el 24 de Junio como el Día de
la Creación del Dulce de Leche (apelando en sus fundamentos
a "razones históricas" que mencionan como el
lugar de origen del mencionado producto a la provincia de Buenos
Aires y más precisamente a la Estancia La Caledonia, cuando
la firma del Pacto de Cañuelas entre Rosas y Lavalle).
En Cañuelas también se realiza anualmente la Fiesta
del Dulce de Leche, que ha sido declarada de interés Turístico
Nacional (Res. Nº 964/01), y Provincial (Res. Nº 21
con fecha 21/9/01). En el año 2002 se ha realizado su
sexta edición, en el marco de la Expo Cañuelas,
con la participación de doce expositores en el pabellón
exclusivo del producto.
Según los datos
de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca
y Alimentación, entre 1986 y 1996 el consumo de dulce
de leche en Argentina aumentó un 40%. Este aumento puede
responder a un mayor volumen de exportaciones y a un incremento
del 20% en la demanda interna. Luego de una etapa de marcado
aumento que transcurrió entre 1991 y 1995, el consumo
per cápita se estabilizó en torno de los 3 kg/hab/año
hasta el año 1999.
De acuerdo a cifras provisorias,
la producción argentina de dulce de leche fue del orden
de las 105 mil toneladas en 2001. Los tipos de dulce de leche
comercializados habitualmente son: clásico o tradicional,
pastelero o repostero, alfajorero, heladero y dietético
o bajas calorías. Algunas empresas ofrecen además
"especialidades": dulce de leche con pulpa de banana,
con pulpa de coco, con chocolate, con avellanas, ron, etc. La
Cabaña "Valle de Goñi", ubicada en Urbellarrea
(Partido de Cañuelas) produce dulce de leche, licor y
helado de dulce de leche de cabra.
El dulce de leche producido
en la Argentina también se consume en los países
limítrofes, hacia donde se dirigieron casi la mitad de
las exportaciones en 2001. El MERCOSUR fue el destino más
importante del producto, con el 42% de participación.
Dentro del bloque, Paraguay fue en años recientes el mercado
mas significativo. El último año las colocaciones
externas alcanzaron las 1900 toneladas que representan un ingreso
de 2,7 millones FOB.
En la última década
este producto ha logrado trascender al mundo gracias al esfuerzo
empresario y al apoyo oficial que permitieron su promoción
en renombradas ferias de alimentación internacionales,
sumándose mercados como Estados Unidos, los países
árabes (con especial referencia a Siria) y Rusia. En la
actualidad los exportadores más destacados son: San Ignacio,
Andyson (La Paila), Williner, Parmalat, Sancor, Ernesto Rodríguez,
Manfrey y la Salamandra.
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Rita Boco Gisela Bulanikian Gloria Sammartino 5/3/03. |